Artistas: Adrián Socorro, Aldo Soler Pérez, Alejandro Jurado, Alfredo Ramos, Aluan Argüelles, Andrés Maurette, Andrey Quintana, Antonio Gómez Margolles, Antonio Vidal, Anyelmaydelin Calzadilla, Arian Irsula, Carlos Almeida, Carlos Guzmán, Claudio Sotolongo, Damiam Brito, David Beltrán, Daylene Rodríguez Moreno, Douglas Pérez Castro, Eduardo Abela, Enrique A. Cabrera, Enrique Báster, Esterio Segura, Fernando Rodríguez Falcón, Francisco de la Cal, Fidel García, Gabriela Reyna, Gerardo Liranza, Glenda León, Ibrahim Miranda, Ira Kononenko, Javier Barreiro, Jhonatan Moreno, Jose Angel Vincench, José Capaz, José Manuel Fors, Lázaro Saavedra, Leo de la O, Liesther Amador, Lianet Martínez, Lisandra Isabel García, Marta María Pérez, Moisés Finalé, Nelson Villalobos, Nerea Vera, Osneldo García, Rafael Zarza, Reinaldo Cid, René Rodríguez, Ricardo Castro Marisy, Ricardo Miguel Hernández, Rolo Fernández, Santiago Rodríguez Olazábal, Sergio Marrero, Su_ayma Parra, The Merger, Víctor Manuel Maden Morgan, William Acosta, Yasiel Elizagaray, Yohy Suárez, Yudel Francisco Cruz
Curaduría: Maybel Elena Martínez Rodríguez, Alejandro Jurado Morales
Producción: César López-Chávez, Déborah García Zulueta
Montaje: Carlos Montané
Communication: Marialis Martínez
Diseño de imagen: Javier G. Borbolla
Diseño de marca: Juan Carlos C. Bravo
Diseño gráfico: Abraham Arronte
Lejos de ser una constante universal, el tiempo como fenómeno medible es un artefacto cultural, técnico y simbólico. En su aparente transparencia, la medición horológica encarna un régimen epistemológico moderno: convertir la duración en número, sincronizar cuerpos y rutinas, sustraer la experiencia en favor del control. Perpetual se sitúa en ese pliegue crítico, donde la exactitud mecánica —herencia del tiempo newtoniano— es confrontada por temporalidades que se desvían, se pliegan, se resisten desde la física cuántica hasta la fenomenología.
Como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corremos tras él, reloj en mano, sin alcanzarlo nunca del todo. Como los hombres grises de Momo, lo perdemos mientras creemos ahorrarlo. Como en Tiempos Modernos, quedamos atrapados en un engranaje que avanza pero no comprende. Y como en Regreso al futuro, se nos revela como línea quebradiza, inestable, sujeta al azar o a la ficción.
No hay un solo tiempo. Hay memorias, deterioros, ciclos biológicos, ritmos internos, velocidades disonantes. Borges imaginó una biblioteca infinita, un jardín de senderos que se bifurcan, un Aleph donde todos los tiempos coexisten. Henri Bergson distinguió entre el tiempo cuantificable de la ciencia y la durée subjetiva de la conciencia. Heidegger lo vinculó con la existencia misma: no como una cosa que pasa, sino como una condición de posibilidad para ser. La física contemporánea, por su parte, oscila entre la flecha irreversible de la entropía y las simetrías del tiempo en las ecuaciones fundamentales.
Perpetual se configura así como una topología de temporalidades disonantes. Frente a la idea de progreso lineal, emerge la lógica del ciclo; frente al instante cuantificable, la expansión de la duración vivida. La horología aparece no solo como saber técnico, sino como emblema de un deseo: capturar lo inasible, fijar lo que escapa.
El tiempo no es una línea: es una vibración. No se observa: se habita.
Perpetual no aspira a dictar una verdad ni a agotar el enigma del tiempo. Propone, más bien, una deriva. Una tentativa visual que pone en escena sus pliegues, sus fracturas, sus ficciones. Un juego, donde el tiempo no se explica: se ensaya.